Hay cosas en la vida que uno nunca puede olvidar. Sucesos que ocurren y que te golpean de especial manera. Recuerdo donde estaba el día en que me enteré del atentado a las Torres Gemelas o cuando Jorge Bergoglio fue elegido como nuevo Papa. Y también recordaré el momento en que nos enteramos de que el mito más grande de la historia del fútbol argentino falleció.

 Sin embargo no pude sentirme acongojado, extraño, desencajado. «Se murió el fútbol», decía Horacio Pagani -experimentado periodista deportivo- entre lágrimas haciendo un esfuerzo sobrehumano para que su dicción le ganara a la angustia, al llanto y a la tristeza. No solo se había muerto un mito, sino que inmediatamente recordó aquel niño de Fiorito al que describió como «Sueño de un barrilete», al que todos iban a ver, mucho antes de convertirse en el consagrado «Barrilete cósmico», mucho antes de lograr lo imposible.

Inmediatamente me puse en contacto con uno de mis mejores amigos, maradoniano desde que lo conozco durante mi época de estudiante de colegio secundario. No atiné a entender sus palabras vía audio de Whatsapp debido a sus sollozos, pero comprendí lo que quiso decir. Con escucharlo, comprendí todo. De alguna manera, quedé sorprendido de que su dolor era el mío también, a pesar de mi gesto adusto y sin expresión.

Maradona era el fútbol encarnado. Era la representación corpórea de ese balón al que dormía abrazado en Villa Fiorito. Aquel amor por el cual era capaz de dar la vida y de desafiar a los más poderosos así como a la ‘santa’ directriz de Doña Tota, cuando le decía que no vaya a jugar bajo el intenso sol de las dos de la tarde. Diego fue alguien que nació con ese propósito, casi divino. Absolutamente mítico. Tan real como legendario. Una historia de amor, tan épica como trágica.

Diego fue, es y será, el fútbol de manera tangible. Maradona nació para el fútbol y el fútbol para Maradona. Son dos caras de una misma moneda. Diego fue el fútbol. El niño y el hombre. La inmortalidad y la humanidad al mismo tiempo. La leyenda y la vulnerabilidad a la vez. Fue la guapeza y la humildad. La gloria de México y el llanto de Roma. Queda la sensación de que nunca dejó de ser ese Cebollita de Fiorito, ese Pelusa de la Paternal, aquel que se divertía en cualquier lugar ante la petición de la cámara para hacer jueguitos, de ser fiel a ese amor incondicional por el esférico, hasta en la peor condición en la que podía estar un campo de juego. El siempre eligió quedar sucio a resignarse a separarse de ella. Diego, además se transformó en estandarte, en un símbolo de aquellos que sueñan con superar las adversidades del destino con una gambeta, en un abanderado de los humildes que nunca pudieron ganar nada, era la prueba fehaciente de que los sueños existen para ser conquistados. Fue la felicidad de un pueblo herido por una guerra innecesaria, mientras desparramaba ingleses por el camino.

Aún cuando supo ser el ídolo de la 12, el héroe del Azteca o el Rey de San Paolo, siempre tuvo la certeza de que llevaba la felicidad en los pies. Por eso, cuando pagó por sus pecados, fue uno de los días más tristes. «Le cortaron las piernas», dijo el que también fue un declarador genial, un filósofo de café. Así lo describió, como si lo hubieran arrancado de los brazos de su amada, marginado del amor de su vida.  Un dolor que se vio reflejado fuera de la línea de cal en su vida personal, aunque su vida fue de él y a nadie más que Dios le corresponde juzgarlo. Él solo pudo conocer la presión de ser Maradona. Cómo Pablo Coll define en su canción, “Un delfín herido y fuera del agua».

Lo más cerca que pudo estar de ese amor al que el tiempo lo fue distanciando, fue al ladito de ese lugar donde siempre fue feliz, tratando de contagiar y de transmitir a otros, ese amor puro de adolescente, que cree firmemente que no hay fuerza en el universo que pueda doblegar el poder de ese amor. Un amor que no se resquebrajó con los años y que estuvo puesto a prueba de las maneras más exigentes. Diego fue, es y será, el fútbol de manera tangible. Maradona nació para el fútbol y el fútbol para Maradona. Es el fútbol hecho humanidad. En el sentido más puro. Eso es Diego. La certeza de que el fútbol es mucho más que un deporte.

Nunca me consideré un maradoniano, tampoco un detractor. Con Diego he tenido alegrías y decepciones, lo he aplaudido y cuestionado. Me ha emocionado y me ha entristecido. Pero tarde me he dado cuenta que amé a Maradona. Después de tanto análisis, de tanto debate, después de tantos años, he llegado a creer – luego de todos estos días tan movilizantes- que es inevitable, como amante del fútbol y como argentino, no amar a Maradona. Tarde me di cuenta de que amar al fútbol, es amarlo a él. Tarde me di cuenta… que sí era maradoniano después de todo.

Si alguna vez te preguntan sobre él, diles que él era el fútbol. Una historia de amor, escrita por el más genial de los escritores. Un amor así, debería ser eterno.

Por Ezequiel P. Pernica

Un comentario en «Un amor así»
  1. Precioso articulo. Enhorabuena ¡¡ Me ha encogido el corazon y me he sentido identificado. Maradona ¡¡ Leyenda de la historia del futbol mundial. Nunca morira. Los que amamos el futbol sin saberlo amamos a Maradona.

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