Recuerdo perfectamente la primera vez que vi a Simone Biles en persona. Yo acababa de llegar a la Arena Olímpica de Río, con el tiempo justo para cubrir el ejercicio de suelo. Me coloqué rápidamente en el foso, saqué el equipo fotográfico con el que iba a cubrir el evento, conecté el portátil a la red y mientras le hacía algunos ajustes a una de las cámaras que iba a usar levanté la cabeza por primera vez para situarme, ver cómo era el pabellón y para ver qué luz teníamos y en ese momento me di cuenta que Simone estaba a menos de un metro de mí, bebiendo agua, atenta a todo el proceso que estaba llevando yo a cabo. Y ahí me sonrió por primera vez. Y eso no se olvida. Porque la sonrisa de Biles es una de sus marcas personales. Sonríe y te transmite tranquilidad. Te cautiva. Y yo no desaproveché el momento, era único, irrepetible. Y le hice la primera fotografía de la tarde. Un retrato a menos de un metro, levantando mi cámara por encima de su cabeza mientras ella sonreía timidamente bajando su cabeza.

Foto: José Luis Pérez / @jperezfotografo

Y entonces llegó su momento. El momento de convertirse en leyenda. Y lo consiguió. Con una actuación impresionante en Río 16, la gimnasta de apenas 1.42 metros de altura ganó tres medallas de oro y una de bronce, entrando así el prestigioso salón de leyendas olímpicas donde están mitos como Bolt o Phelps y donde ella consiguió entrar por méritos propios con apenas 19 años. Pero a la mejor gimnasta de la historia no le gustaban las comparaciones que hacían los periodistas sobre ella y nos regaló una de las mejores frases de los Juegos Olímpicos de Río, una frase rotunda y legendaria, como ella:

«No soy el próximo Usain Bolt o Michael Phelps, soy la primera Simone Biles«

Texto y fotos por José Luis Pérez / @jperezfotografo para Alicantesport.com

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