Por Miguel Ruiz / @migruizruiz

En octubre de 1923, Francisco Ghigliani convocó una reunión para abordar el remate final a una idea que culminaría con uno de los grandes logros de la historia de la nación uruguaya. Con los Juegos Olímpicos de 1924 en el horizonte, viajar a París era un objetivo importantísimo a todos los niveles para la nación presidida por José Serrato.

Y es que algo menos de cien años antes, Uruguay había decidido y conseguido ser independiente, tras pasar por manos de ingleses o portugueses en varias de las etapas vividas por el territorio uruguayo. Pero lo cierto es que parte del legado de esos colonos marcaría, incluso después de la celebrada independencia, la vida de esa nación.

Porque la historia de Uruguay no se puede independizar del río de La Plata, símbolo inequívoco del país, como no se le podrá jamás separar del amor que se tiene por el fútbol. En un país donde viven algo más de tres millones de personas, el fútbol es la religión mayoritaria. La fe que se rinde al balón no tiene comparación a ninguna otra y su entrega es total, después de que, a finales del S. XIX, trabajadores y empresarios ingleses dejaran el regalo más grande que podrían haber hecho a esta nación.

Por ello, esa aspiración olímpica de la nueva nación creció con la recientemente creada República Oriental del Uruguay. A través de Ghigliani apresuraron la creación del Comité Olímpico Uruguayo ese mismo año 1923 para tratar de no perderse la cita en Francia solo unos meses después. La selección de fútbol de Uruguay debutaría en los JJOO en mayo de 1924, en la localidad francesa de Colombes y ante más de tres mil personas. Se trataba de un duelo contra Yugoslavia y en ese primer partido dejaría ya un aviso importante, pues el cero a siete resonó con fuerza en esa fase previa.

La suerte quiso que, en semanas posteriores, los resultados acompañaran ante Estados Unidos, la anfitriona Francia, y una potente Países Bajos. Esta última, entrenada por el inglés William Townley, había logrado ganar el bronce en las tres olimpiadas anteriores. Tras derrotar a la complicada selección neerlandesa, Suiza esperaba a los charrúas en la final.

En el Yves-du-Manoir de Colombes, el estadio que vio los primeros pasos de la selección de fútbol de Uruguay en unos Juegos Olímpicos, se jugarían los noventa minutos que otorgarían, tras un tres cero incontestable, el primer título internacional del combinado celeste. Ante cuarenta mil personas, Petrone, Cea y Romano dejaron sus firmas para poner la primera piedra en el camino que llevaría a Uruguay a ser una de las primeras gran potencias futbolísticas a nivel internacional.

Si bien Bélgica se había hecho con el oro en 1920, precisamente ante España, Inglaterra había conseguido llevarse los dos torneos anteriores en 1908 y 1912. Como padre, al menos temporalmente, del fútbol, dominó en esas primeras ocasiones como parece mandar la lógica. También Dinamarca había estado en el podio en esas primeras ediciones, dando muestras de su calidad, pero que una selección americana hubiera avanzado tanto era lo que se presentaba como una verdadera novedad.

Conviene decir que solo Estados Unidos acompañó futbolísticamente a Uruguay a los Juegos Olímpicos de París desde el continente americano. Si bien el fútbol había nacido y era seguido y jugado en Europa, la afición por las patadas al balón se extendía ya por gran parte de América con más o menos pasión. Y fue Uruguay uno de los lugares donde ese sentimiento caló hondo.

La nación uruguaya en seguida conectó con las lágrimas de tristeza, con los llantos de felicidad, con la fuerza, con el valor, con la ambición, con los colores, con los cánticos… con la lucha habitual de llegar siempre al objetivo. En ese oro, se vieron ya las hechuras de una selección que no dejaría pronto de ganar.

En 1928, la selección de Uruguay viajó ya con más compañeros desde América. Ámsterdam era el destino de Argentina, Estados Unidos, México y Chile (aunque quedaría fuera tempranamente ante la europea Portugal). La selección nacional de charrúa buscaba revalidar el oro conseguido en París con la confianza de saberse especiales, no por ser mejores por la fama, peso o habilidad, que podría darse el caso, sino por saberse únicos en entrega. En eso, Uruguay siempre fue campeona.

El primer choque sería ante un rival bien conocido: Países Bajos. Luego vendrían la República de Weimar (paso previo, con muchas licencias, a la actual Alemania) e Italia. Ese choque ante los transalpinos fue durísimo. Aunque se adelantaron los europeos, la reacción de Uruguay fue tal que Cea, Campolo y Scareone lograron poner el uno a tres para ir al descanso con una gran ventaja. La emoción llegaría con el gol de Virgilio Levratto, delantero del Genoa, en el minuto sesenta. A pesar de la cercanía, Uruguay se llevaría la victoria ante los de Augusto Rangone.

El pase a la final permitiría a los uruguayos defender, en el último escalón, el título olímpico de 1924. Y sería, curiosamente, ante Argentina. Unidos por la cicatriza que marca el río de La Plata. Uruguay y Argentina siempre vivieron como vecinos peleados. Esa cercanía convertía esa final a doble partido en Países Bajos en casi un Derby platense. En una de las orillas del río, Uruguay llegaba con las armas con las que había conquistado el mundo el año anterior, en la otra orilla, Argentina se presentaba con Luis Monti.

El jugador argentino era temible. Uno de los grandes nombres que resonaría tiempo después de ese choque en Ámsterdam. El centrocampista protagonizó uno de los capítulos más tensos entre América y Europa, con el fútbol de por medio, en 1934. Antes de eso, Monti ya tenía un nombre como jugador de Huracán y San Lorenzo y llegaba a esos Juegos Olímpicos de 1928 como una de las grandes estrellas de Argentina. Su juego no fue suficiente en esa ocasión, a pesar de que lograría igualar el marcador en el segundo duelo y lograría poner en claro riesgo el oro de Uruguay.

Sin embargo, acabaría llegando la subida de Uruguay, de nuevo, al trono olímpico. El oro sería para los héroes charrúas. Una generación de oro que se ganó el favor de la FIFA a la hora de considerar, esos dos títulos, los dos primeros Mundiales de la historia. Añadiendo esas dos estrellas al escudo bordado de la camiseta celeste para que, solo dos años después, precisamente ante Monti y su Argentina, Uruguay lograra ganarse el derecho a bordar otra más. La última, en 1950, con el “Maracanazo” ante Brasil, dejaría escrita su historia en la piel de su afición y en la remera celeste de esa eterna Uruguay. Cuatro títulos y cuatro estrellas. Quedaba firmada la certeza. Uruguay era el primer gigante americano del fútbol mundial.

Por Miguel Ruiz / @migruizruiz / IconicSport.es

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